martes, 25 de febrero de 2014

Mi primera casa (le siguen dos más)





¡Ay, Sonnenallee! Fuiste mi aliada durante los primeros 14 días de mi estancia en Berlin. Pero también de algunos posteriores porque había una fuerza que me impedía salir de esa casa. A pesar de que  mi habitación volvía a estar ocupada, es como si hubiera un un ángel exterminador que no dejaba que me mudara a  mi nueva habitación y solo podía seguir allí, durmiendo ahora en el palo de un gallinero.Así  es como llamamos “cariñosamente” Ana y yo a su cama alta. Esas camas para aprovechar al máximo el espacio de la habitación, aunque creo que Ana y yo estamos de acuerdo: más vale aprovechar al máximo tu salud.Le guardo especial cariño a la casa por la gente que allí conocí y que hicieron que mis primeros días en Berlin no fueran  tan solitarios y aburridos como me los había imaginado. Buena culpa de ello la tiene la propia Ana. Todo el mundo da por hecho que vinimos juntas a Berlin, que nos conocemos de antes, cuando explicamos que no es así muchos se sorprenden. La verdad es que nos llevamos bien, nos entendemos y compartimos gustos y secretos y muchas, muchas horas delante del ordenador viendo la serie “Friends”. Un hábito que estamos perdiendo, ya no somos vecinas.A pesar de eso, no creo que seamos almas gemelas.  Puede que no existan las almas gemelas ni las medias naranjas, lo que estoy segura de que existen son las personas que conoces y que de alguna forma te entienden. Ana y yo nos hemos conocido aquí por accidente o por casualidad. Probablemente, por culpa del destino, aunque a veces dudo y no estoy muy segura de si existe.PD: Este fin de semana volví a la que fue mi casa para celebrar la fiesta de cumpleaños de mi otro compañero de piso. Muchos de la fiesta no me conocían, casi nadie sabía que yo había vivido allí. Sentí que de no haberlo contado, ése seguiría siendo un pequeño secreto entre la casa y yo. 


viernes, 21 de febrero de 2014

La historia de la maleta





Llegué a Berlin el 3 de enero de 2014. No es la primera vez que viajaba con la intención de quedarme un tiempo más o menos largo en otro país. Siempre he tenido esa alma aventurera, aunque esta vez tenía menos ganas que las anteriores. Puede que sea esa la razón por la que hice la maleta peor hecha de la historia. Nada cabía. Y menos para pasar un invierno alemán, pero al llegar al destino me di cuenta de que había cosas esenciales que podía haber metido. De todas maneras, eché mucho de menos mi maleta, hasta que el día de Reyes un mensajero alemán trajo mi maleta.

Esa maleta con la que viajo a todas partes, que me acompaña cuando estoy perdida y me acerco a las esquinas de las calles buscando un letrero con su nombre. Esa que arrastro casi sin fuerzas después del largo viaje. Esa misma que esa noche esperaba, mirando fijamente la cinta giratoria con otras maletas frías que sus dueños recogían. Después de una hora esperando una chica recogía su maleta color verde lima y sonriendo me deseaba: “¡suerte!” pero no la tuve y llegué a casa sin maleta, una maleta que volví a ver tres días después. 

Me contó que había estado en el aeropuerto de Barajas con otras maletas.  Que muchas hablaban idiomas que no entendía y que cuando se hizo amiga de una maleta con cremallera la recogieron y la lanzaron a un carro encima de otras. Se disculpó cuando la maleta de debajo se quejó por el golpe, aunque ella no tenía la culpa, decía que trataban a las maletas de muy mala manera y viendo su aspecto no lo dudé en absoluto. Arañazos, manchas negras posiblemente de cintas transportadoras hacían ver el mal trato que daban a las maletas en ese lugar. La llevaron a un sitio muy oscuro y cuando volvió a ver la luz me dijo que hablaban alemán, ella ya conocía el idioma porque habíamos pasado grandes aventuras juntas allí. 

Así que chapurreando un poco con las otras maletas se enteró de que había llegado a Frankfurt. Estaba tan cansada que se quedó dormida y cuando se despertó volvía a estar en Madrid, volvieron a lanzarla fuerte encima de otras maletas, se volvió a disculpar y llegó a Munich.  Decía que hacía mucho frío, que desde allí llegó a Berlin y que se puso muy contenta cuando escuchó mi voz en el telefonillo, que estaba segura que la echaba de menos,  sobre todo porque me había dejado dentro el cargador del ordenador y del móvil. Así que cuando llegó le di un besito cerca del asa y le dije que había sido el regalo de Reyes que más había deseado nunca. 






jueves, 20 de febrero de 2014

Berlin (sin tilde)




Hallo Leute!
Vivo en Berlin desde el 3 de enero de 2014. No es mucho, pero por eso mismo pretendo plasmar en este diario todo lo que vaya descubriendo de esta ciudad. Berlin. Es una ciudad que llama la atención de muchos jóvenes, sobre todo con inquietudes artísticas y aquí estoy yo. En medio de esta gran ciudad (para mí es gigante). El vértigo, el amor, la ilusión, el arte, la diversión, todo cabe en esta ciudad. Sí, en ésta y en muchas otras, pero Berlin es diferente. Permitidme que escriba Berlin sin tilde. Y pronto conoceréis otras licencias, como la de que no todo lo que aparezca en este blog sea verdad. Podríamos llamarlo diario de realidad-ficción.

Un saludo,



Paula.