viernes, 21 de febrero de 2014

La historia de la maleta





Llegué a Berlin el 3 de enero de 2014. No es la primera vez que viajaba con la intención de quedarme un tiempo más o menos largo en otro país. Siempre he tenido esa alma aventurera, aunque esta vez tenía menos ganas que las anteriores. Puede que sea esa la razón por la que hice la maleta peor hecha de la historia. Nada cabía. Y menos para pasar un invierno alemán, pero al llegar al destino me di cuenta de que había cosas esenciales que podía haber metido. De todas maneras, eché mucho de menos mi maleta, hasta que el día de Reyes un mensajero alemán trajo mi maleta.

Esa maleta con la que viajo a todas partes, que me acompaña cuando estoy perdida y me acerco a las esquinas de las calles buscando un letrero con su nombre. Esa que arrastro casi sin fuerzas después del largo viaje. Esa misma que esa noche esperaba, mirando fijamente la cinta giratoria con otras maletas frías que sus dueños recogían. Después de una hora esperando una chica recogía su maleta color verde lima y sonriendo me deseaba: “¡suerte!” pero no la tuve y llegué a casa sin maleta, una maleta que volví a ver tres días después. 

Me contó que había estado en el aeropuerto de Barajas con otras maletas.  Que muchas hablaban idiomas que no entendía y que cuando se hizo amiga de una maleta con cremallera la recogieron y la lanzaron a un carro encima de otras. Se disculpó cuando la maleta de debajo se quejó por el golpe, aunque ella no tenía la culpa, decía que trataban a las maletas de muy mala manera y viendo su aspecto no lo dudé en absoluto. Arañazos, manchas negras posiblemente de cintas transportadoras hacían ver el mal trato que daban a las maletas en ese lugar. La llevaron a un sitio muy oscuro y cuando volvió a ver la luz me dijo que hablaban alemán, ella ya conocía el idioma porque habíamos pasado grandes aventuras juntas allí. 

Así que chapurreando un poco con las otras maletas se enteró de que había llegado a Frankfurt. Estaba tan cansada que se quedó dormida y cuando se despertó volvía a estar en Madrid, volvieron a lanzarla fuerte encima de otras maletas, se volvió a disculpar y llegó a Munich.  Decía que hacía mucho frío, que desde allí llegó a Berlin y que se puso muy contenta cuando escuchó mi voz en el telefonillo, que estaba segura que la echaba de menos,  sobre todo porque me había dejado dentro el cargador del ordenador y del móvil. Así que cuando llegó le di un besito cerca del asa y le dije que había sido el regalo de Reyes que más había deseado nunca. 






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