¡Ay,
Sonnenallee! Fuiste mi aliada durante los primeros 14 días de mi
estancia en Berlin. Pero también de algunos posteriores porque
había una fuerza que me impedía salir de esa casa. A pesar de que mi
habitación volvía a estar ocupada, es como si hubiera un un ángel exterminador que no
dejaba que me mudara a mi nueva habitación y solo podía seguir allí,
durmiendo ahora en el palo de un gallinero.Así es como llamamos “cariñosamente” Ana y yo a su cama alta. Esas
camas para aprovechar al máximo el espacio de la habitación, aunque
creo que Ana y yo estamos de acuerdo: más vale aprovechar al máximo
tu salud.Le guardo especial cariño a la casa por la gente que allí conocí y que hicieron que mis primeros días en Berlin no fueran tan solitarios y aburridos como me los había imaginado. Buena culpa de ello la tiene la propia Ana. Todo el
mundo da por hecho que vinimos juntas a Berlin, que nos conocemos de
antes, cuando explicamos que no es así muchos se sorprenden. La verdad es que nos llevamos bien, nos entendemos y compartimos gustos y secretos y muchas, muchas horas delante del
ordenador viendo la serie “Friends”. Un hábito que estamos
perdiendo, ya no somos vecinas.A pesar de eso, no creo que seamos almas gemelas. Puede que no existan las almas gemelas ni las medias naranjas, lo que estoy segura de que existen son las personas que conoces y que de alguna forma te entienden. Ana y yo nos hemos conocido aquí por accidente o por
casualidad. Probablemente, por culpa del destino, aunque a veces dudo
y no estoy muy segura de si existe.PD: Este fin de semana volví a la que fue mi casa para celebrar la fiesta de cumpleaños de mi otro compañero de piso. Muchos de la fiesta no me conocían, casi nadie sabía que yo había vivido allí. Sentí que de no haberlo contado, ése seguiría siendo un pequeño secreto entre la casa y yo.

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